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El hechizo de la montaña de Edo

Fujika observaba a través de la ventana las nieves del Monte Fuji. Allí, a las faldas de la gran montaña sagrada, su amado Katsushika buscaba el fluir de la montaña y la quietud de las aguas, sumergiendo sus pinceles en aguados colores que después bailarían sobre el kakemono.

Dos pequeñas shikomis se esmeraban en la limpieza de la “casa de flores”, mientras varias maikos preparaban los magníficos kimonos de seda que Fujika debía lucir aquella noche. – Una vez más el general Katsuo, ¡ese maldito tonel! – Se maldijo. Todos los miércoles el general partía de Edo hacia el norte, donde en abril los cerezos en flor acompañaban a las geishas y otros artistas en su eterno danzar alrededor de las noches y los días, la música del shamisen, el shakukachi y el taiko. Pero al general Katsuo poco le importaban las danzas, las poesías y las pinturas; él solo la deseaba a ella. La miraba, lascivo, bajo aquellos ojos pequeños y rasgados. – No serían más que un mal trazo de mi Katsushika – se repetía una y otra vez mientras dejaba mostrar un tobillo a la vez que servía el té.

Katsushika, sin embargo, sí sabía apreciar una buena representación de shamisen, el olor del té bien servido y las conversaciones sobre poesía. Su caligrafía era verdaderamente excepcional y entendía la perfección que podía residir en una pequeña brizna de hierba, sin importarle los asentamientos del sur, las invasiones del este y la nueva política imperial. Él era feliz con sus pinceles; pintaba la poesía y recitaba la pintura. Buscaba la suave transición de la naturaleza en las fuertes rocas de aquella montaña sagrada, y repetía el rielar del sol, de la luna, al través de las nubes, sobre la fría nieve y las frescas flores bañadas de rocío.

Pronto lo vería. Hacía ya dos semanas que había visitado la “casa de flores” en la que habitaba Fujika, camino del Monte Fuji, con sus pinceles, sus tintas y sus kakemonos. Habían pasado dos noches juntos, dos maravillosas noches conversando, recitando, cantando, bailando y, por supuesto, escribiendo y pintando. Pero ahora debía conformarse con mirar desde la ventana el poder de la tierra, la fuerza del fuego en permanente fruición bajo la solemne silueta de aquel muro insalvable que le alejaba de su amado.

Dos jóvenes maikos interrumpieron su concentración en la montaña deshaciendo suavemente el obi rojo floreado que apretaba el kimono negro sobre la cintura. Interpuso un abanico para esconder la lluvia de lágrimas que derramaban sus tristes ojos surcando las blancas mejillas y dejando un hollado rasguño sobre el puro y pálido rostro. Dejó que las aprendizas la desnudasen sintiendo las caricias de los kimonos de seda mientras el sol del atardecer se filtraba por la ventana resaltando el brillo de la nieve de la montaña lejana. Sin dejar de buscar a su amado en el paisaje inmóvil, aquel erial que les separaba, las maikos que la asistían fueron cubriendo su cuerpo con capas de finos kimonos, apretando finalmente su vientre con un elegante obi de color púrpura que hacía que su silueta fuese mucho más femenina.

Mountain (MTG) extraída de El Patio de Nana

Ya casi había anochecido, pero la montaña seguía allí, con su eterno fluir, mientras el río parecía totalmente paralizado. Cuando apartó, por fin, el abanico de su rostro, los surcos de la lágrimas habían desaparecido, y sus labios mostraban una mancha roja que simulaba una sonrisa. La luz de la luna había iluminado un lugar perdido entre los bosques, más allá de los mares, antes del monte. Allí yacía su querido Katsushika Hokusai pintando las olas: la montaña había generado el poder suficiente para hacer realidad el hechizo. Nada temería del general Katsuo sabiendo que su amado había detenido las olas y removido los cielos: aquella ventana, sería una testigo eterna.

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2 Comentarios "El hechizo de la montaña de Edo"

  1. Nana says:

    Es un relato precioso.
    Aunque tengo que reconocer que cuando pinté esa geisha lo que ocupaba sus pensamientos era el deseo de libertad ;)

  2. Javier says:

    Muchas gracias!! Desde luego yo también lo había interpretado así, con esa ventana que, de forma sutil, casi simula un enrejado. Por eso la geisha no puede seguir a su pintor, por eso tiene que atender a su cliente… por eso mira la montaña, helada, buscando el espíritu libre que se escapa de su hogar, que va de un lado a otro, en medio de la naturaleza, pintando y disfrutando de su libertad.

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