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La obra maestra II

Aquella noche no pudo dormir absolutamente nada. Si era cuestión de vida o muerte estar descansado, él perecería en el intento. Ya había iniciado una conexión con el mundo secreto, como  lo llamaban los maestros, pocos años después de abandonar la escuela de pintura, cuando solo llevaba tres o cuatro años trabajando en su obra maestra. Recordaba que había bebido más de la cuenta y no sabía muy bien qué hacía. De madrugada, llegó a casa de Blake, el cual se encontraba en plena sesión de trance. Vio un vaso junto al cuerpo de su amigo, tirado en el suelo, y, creyendo que sería más ginebra, se lo bebió todo. Al momento cayó de bruces sin poder mover ni un músculo, y comenzó a escupir espuma por la boca. Se encontraba cara a cara con William, el cual, quizás gracias a algún milagro, salió de su trance y pudo socorrer a su amigo proporcionándole algún antídoto fruto de la alquimia. El joven John, vio pasar su vida como en un serial, rememorando recuerdos totalmente olvidados. Pero esta vez sería distinto, tenía que estar preparado.

            Cuando llegó el carro, John llevaba horas esperando a la intemperie. La puerta se abrió entre la niebla de la mañana y, mientras el gallo anunciaba el alba, entró en un habitáculo con las ventanas opacas, donde solo entraba la luz por algún agujero de la madera del techo, haciendo finas líneas que morían en distintos puntos del carro. A parte de eso, no veía nada. No sabía si estaba solo o acompañado, así que palpó por todo el lugar incluso poniéndose de pie, encorvado. Nada. Volvió a sentarse y reparó en que había un peculiar olor, como a trementina. El olor fue creciendo de una manera anómala, y el pintor se asustó. Intentó salir del carro, que no sabía si estaba parado o en movimiento, pero ni si quiera encontró la puerta. De nuevo se levantó, presa de la ansiedad, pero se golpeó fuertemente con la madera del techo y cayó sentado sobre el banco. Se agarró a éste y, de pronto, creyó estar atado de pies y manos. No podía moverse. El olor se había transformado en hedor, y notaba cómo entraba desde su nariz hasta los pulmones, creándole espasmos cervicales que, de no sentirse adherido al banco, por seguro le hubieran tirado al suelo. Las delgadas líneas que atravesaban los agujeros del techo, y que minutos antes iluminaban cada una un lugar distinto, ahora se cruzaban todas en un mismo punto, tras el cual recorrían su camino el suelo o el banco del frente al que estaba sentado John. El pintor, las siguió con la mirada, y vio cómo los rayitos de luz atravesaban como si de manteca se tratase, las maderas del suelo y el banco. Llevado por el pánico, intentó zafarse de sus imaginarias ataduras, pero le fue imposible.

            En torno al punto de unión, se fue creando una esfera de luz de pequeñas dimensiones, pero creciente. Intentó moverse, pero no podía, sus miembros eran muy pesados, tan solo podía mover los ojos. Miró al suelo, el cual se iba fundiendo entre rayos luminosos. Volvió la mirada a la esfera y ésta había crecido tanto que casi le tocaba la punta de la nariz. Giró la cara, con una fuerza descomunal, y sintió el calor de sobre su rostro. Buscó de nuevo el suelo, y vio que éste no existía: se había desvanecido. Luego, cayó.

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