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Clara a la penumbra del Arte Contemporáneo

Este texto se refiere a la novela de José Carlos Somoza “Clara y la penumbra” de 2001, y una versión del mismo fue publicado en Info-Arte, Revista Digital

Algunas definiciones previas.

José Carlos Somoza es un psiquiatra que se dedica plenamente a la novela de misterio, normalmente con implicaciones científico-ficticias. Comenzó su carrera haciendo novela erótica, pero evolucionó hacia la histórica y de ahí a la de misterio. Todos estos aspectos son definitorios para comprender sus novelas digamos que de madurez. Últimamente ha publicado un best seller llamado “Zig-Zag”, donde desgrana toda la teoría física actual acerca de diversas hipótesis relacionadas con el tiempo y el espacio, con un toque enigmático y sensual muy apreciable. Otra de sus novelas más interesantes es “La dama número trece”, con fuertes implicaciones clásicas y utilizando como base la poesía. Su última novela, “La llave del abismo”, explora un universo futurista adorador de los horrores cósmicos lovecarftianos.

Sin embargo, la novela que me interesa ahora es “Clara y la penumbra”, premio Lara 2001. Antes de hablar de sus relaciones con un probable imaginario global futuro y con la iconosfera que está por venir, voy a explicar varios conceptos vitales. La historia del libro se desarrolla en el verano del año 2006 (lo escribió cinco años antes), en plena celebración de los 400 años del nacimiento de Rembrandt. Es el futuro, un futuro impredecible, pero Somoza lo entiende de un modo muy personal e interesante. El mundo ha cambiado y sobretodo el arte. El arte de moda en el supuesto año 2006 se llama Hiperdramático (HD), donde el soporte de los cuadros es humano. Existe la profesión de lienzo; todos los jóvenes del mundo desean entrar en la Academia para aprender a ser lienzo. No es tarea fácil, pues ello supone sufrir fuertes imprimaciones antes de ser pintado y más tarde: la exposición. Estos personajes se someten a la pintura de los artistas, consistente en un tratamiento psicológico, pseudomasoquista, en el que se “tensa” al ser humano hasta límites insospechados para conseguir una determinada emoción. Más tarde, se someten a tratamientos inhibidores de orina, heces, lágrimas, saliva, menstruación… y son pintados hasta por debajo de los párpados, dentro de la boca, la vagina, el ano… Después de todo eso parece que nada podría haber peor, pero la exposición no es menos dura. Rodeados de un atrezzo, deben posar en absoluta quietud (como denomina el autor a la situación de exposición) durante largas jornadas de ocho horas o más.

No obstante, ya que no todos pueden ser lienzos, como ahora no pueden ser futbolistas, cantantes u otros mitos del mundo actual, existen derivaciones de este oficio. Los lienzos viejos o lo que no sirven, son sometidos a tareas de más baja estima, como mobiliario de oficina, pura decoración en serie y para juegos sexuales. En teoría todo ello está prohibido, pero lo que más dinero aporta son los “manchados”, en los que, en acciones artísticas, los lienzos participan de juegos sexuales, violentos o, incluso, ciertas aberraciones.

Es en este entorno en el que José Carlos Somoza elabora una trama policíaca de persecuciones, asesinatos y dramas más suculentos para el lector. No obstante, para lo que aquí acontece, y por si el lector quisiera degustar novela tan apetitosa y aconsejable, se obviarán todo tipo de detalles.

Clara a la penumbra del Arte Contemporáneo.

La novela en sí recibió críticas más o menos divergentes, sumando a la sorpresa y congratulación primera, un sinsabor posterior y el consabido desprecio como género menor el de la ciencia ficción en las letras españolas. Mas para mí supuso una ampliación de horizontes, un mirar de otro modo el arte contemporáneo. A menudo, como historiador del arte, me había planteado mi causa para con éste en el panorama actual. Suelo asistir atónito a las verborreas más insoportables sobre lo que es o deja de ser arte y, lo que es peor, sobre que no debemos ni plantearnos lo que es o no es arte. Personalmente no me imagino a un médico obviando la enfermedad ni a un abogado ignorando una ley (me consta que los hay pero tienen un nombre: negligentes), por lo que no entiendo porqué no debo preguntarme qué es el arte. Para los que dedican su tiempo a mirar al arte del pasado, es una pregunta de muy sencilla respuesta, pues casi todo lo que se conserva, puede ser considerado como objeto artístico, aun cuando en la mayoría de las ocasiones su origen no tenga nada que ver con la creación artística. Tal vez, hasta un poco antes de la II Guerra Mundial, todo lo que se considera arte, es arte; pero a partir de ahí, la única definición objetivable totalmente subjetiva, es que “es arte todo lo que el hombre dice que es arte”. Cierto, pero a mí no vale para nada, dado que si así fuese, nuestra labor como historiadores no tendría ningún sentido, deberíamos dedicarnos a la política o la economía, labores globalizadoras del arte y la cultura.

Todo esto me sirve para admitir una primera premisa que muchos se niegan a escuchar ¿qué es el arte? ¿Para qué sirven los historiadores del arte? Entiendo que el arte fue una cosa hasta un determinado momento pero, ¿y a partir de ahí? Coincide además con la proclamación de la muerte del arte por parte de grupos de vanguardia como De Stijl o Dadá. ¿Sería cierto? Los grupos vanguardistas destacaban tanto por su fuerza destructora al comienzo, como por su poca capacidad para subsistir; podríamos denominarlo como efecto gaseosa. Sin embargo, me atrevo a cuestionar más de medio siglo de bibliografía. Creería estar en posición de afirmar que parte del arte tradicional desapareció tras el dadaísmo y De Stijl si no fuera porque el arte no evoluciona, cambia, siempre lo antiguo trasciende en el tiempo. Los griegos sabían muy bien lo que era el arte, y también se supo en el Renacimiento, Rococó y Neoclasicismo, y aunque sus ideales ya pasaron y se reconvirtieron, aquel arte sigue vigente. Si la ropa, las casas, los carros, la política, la diversión… no eran iguales hace 500 años, pues han ido cambiando y evolucionando, cuál es la causa de que actualmente se sigan decorando casas con esculturas griegas (o imitaciones), palacios con cuadros renacentistas o se subasten cuadros de Rubens a precios estratosféricos. El arte, o lo que conocíamos por arte, cambia, pero siempre sigue vigente. La diferencia entre la vida y el arte, es la muerte.

A donde quiero llegar a parar, antes de continuar mi fatua disertación, es a que el arte actual ha cambiado tanto con respecto al anterior, que para poder definirlo sin caer en la fácil sensación de que todo lo que nos rodea es arte, habría que delimitarlo, cercenarlo. Las vanguardias no destruyeron nada, pero hicieron un daño mucho mayor que eliminar a Praxíteles del imaginario o quemar la Capilla Sextina (al menos para los puristas): ampliaron el concepto de arte hasta corromper las fronteras, hasta conseguir que éstas, por el contrario de lo que pasaba en épocas académicas, fuesen ficticias, móviles. Así, todo lo que el hombre quería que fuese arte, pasaba a formar parte de ese imaginario inmediatamente. No quiero hacer creer que me posiciono a favor del elitismo de un arte intelectual basado en las reglas; disfruto mucho del arte personal, subjetivo, alejado de la convención, pero debe existir algo intrínseco en la obra artística que es imposible de establecer. En cada tiempo, los coetáneos de un determinado arte, supieron definirlo: ahora es imposible. ¿Deberíamos cambiarle el nombre a ese arte? ¿Acción artística, instalación, performance…?

Ese ficticio año 2006 en el que Clara, un lienzo joven que es contratado por la Fundación Van Tysch (el más grande de los artistas Hiperdramáticos), para ser un cuadro paráfrasis de otro de Rembrandt, no está tan lejano. José Carlos Somoza afirma que el arte HD es creación suya, pero que se ha servido de disciplinas actuales como el Body Art, las instalaciones u otros géneros. Si hay artistas que utilizan sus heces, su sangre o partes orgánicas en sus obras, por qué no unir arte y ser humano en uno. El problema, en la novela, es que la pieza artística rebasaba en todos los aspectos al ser humano: de nuevo el dinero.  

Pero quedémonos con el imaginario visual de “Clara y la penumbra”. No creo que sea una idea descabellada la que propone el autor, pues la iconosfera artística va conquistando (desde las vanguardias) todo ámbito posible por medio de dos caminos: uno, el revolucionario, es decir, el propio del arte, el que lleva a un creador a utilizar nuevas técnicas, soportes, materiales o formas. El otro es la economía que, escudada en la globalización, absorbe todo lo que está fuera del mercado, por oposición activa o retardo de capitalización. Y es que el Arte HD es complemente globalizador. Totalmente verosímil. La Fundación Van Tysch es una gran empresa que factura millones de euros al año y cuenta en su nómina con una larga serie de artistas, galeristas, colaboradores, marchantes, “lienzos”, “muebles”… de todas las nacionalidades posibles. El dinero no entiende de color; las razas, las imágenes propiamente creadas por un artista dependiente de una cultura, trascienden toda barrera física o imaginaria.  

La penumbra actual

No podré confirmar qué es arte, ni qué será en un futro. Solo puedo considerar arte lo que ha sido arte en un determinado momento, siendo su contemporáneo o “su” anterior. La propuesta de José Carlos Somoza me parece sumamente interesante y, espero que no, predictiva. La confusión entre realidad y ficción, realidad y deseo, realidad y arte (¿acaso no podría decirse que ficción y deseo son sinónimos de arte?) es cada vez más clara, huyendo de cualquier claroscuro mental de historiadores y analistas críticos, y no podemos saber por dónde nos va a llevar. Solo se puede decir que el imaginario visual artístico es casi tan grande como la iconosfera actual, pues nadie está en posición de anular el arte ni quitarle sentido artístico a casi ninguna imagen. Caminamos hacia un mundo rodeado de objetos e imágenes artísticas, y como historiadores del arte debemos plantearnos si esto es o no beneficioso, no para la sociedad, sino para el arte en sí. Mi humilde pensamiento está por creer que será bueno para el mercado del arte, no tanto así para la calidad de éste, ni mucho menos para la Historia del Arte.

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